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Teresita: mi amiga y compañera de viajes – Yuan Fuei Liao

Creo en la comunión de los santos. Antes, cuando llegaba «solo» a algún sitio, solía decir: «No vine solo, somos siete: el Padre, Jesús, el Espíritu Santo, María, san Francisco de Asís, mi ángel de la guarda y yo». Hoy ese grupo de amigos celestiales ha aumentado. Percibo muy cerca de mí a Clara de Asís, Juan Bosco, Teresa de los Andes, Juan Evangelista, etc. Particularmente, una joven amiga me ha dado grandes muestras de su compañía: santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz (Teresita). Ella es lo que llamo «mi escudo de oración», es decir, la persona que se ha comprometido a orar permanentemente por mí. Aunque vivió hace ya más de cien años, declaró poco antes de morir, a sus 24 años: “Quiero pasar mi Cielo haciendo bien en la Tierra”. Y lo ha cumplido fielmente.

Desde muy pequeña se consagró al amor misericordioso del Señor. Entró al monasterio de clausura de las carmelitas de Lisieux (Francia). Nos dejó su «caminito» espiritual: la actitud de ser como niños para entrar en el Reino. Canonizada, declarada «Patrona de las misiones» (y nunca salió del monasterio), «Doctora de la Iglesia», esta muchacha brilla por su sencillez, su humildad, su «pequeñez». No quiero hacer un recuento de su vida. Para ello, sugiero la lectura y meditación del libro “Historia de un alma”, que contiene los apuntes biográficos escritos por ella misma. Es una joya de libro, especialmente para los «aprendices» de santidad. Me limitaré a referirme a su amistad conmigo. Como formo parte de una comunidad evangelizadora, constantemente tengo que viajar para llevar la Palabra de Dios, compartiendo retiros espirituales. Teresita me «persigue» en mis viajes de evangelización. Ahora explico:La primera vez que trabajé en una escuela de evangelización en Italia, una señora (a quien no conocía antes), se me acercó y me regaló una estampa con la foto de Teresita.

Después, me fui a Colombia. Estaba cansado por el viaje, así que me llevaron a la casa de un hermano de comunidad para descansar. Cuando llegamos, justo frente a la puerta, estaba una estatua grande de Teresita, esperándome. En mi primer día en México, me llevaron a una casa de familia para reposar. Había un sacerdote y se ofreció para celebrar la Eucaristía. Me senté al lado del sacerdote. Cuando él abrió su misal, justo del lado mío había un marcalibros con la foto de Teresita, sonriéndome.

En ese mismo viaje de México, estábamos en una Escuela Internacional de Evangelización, con personas de diversos países. Hubo un día de descanso, y muchos salieron a conocer la ciudad, pero preferí quedarme en la casa de retiros. Una joven italiana, al volver del paseo, me dijo: “Como no fuiste con nosotros, te traje un regalito”. ¡Y me entregó un librito sobre Teresita! Acababa de llegar a Francia y decidí dar mi primera caminata en París. Me detuve en la primera iglesia que encontré. Adentro me senté en un rinconcito para orar. De repente, sentí como si alguien me estuviera mirando desde mi lado izquierdo. Al voltearme, vi un hermoso vitral de… ¡Teresita!

Ya en Panamá, yo estaba «prejuiciado»: sabía que encontraría alguna señal de Teresita. Miré por todas partes buscando alguna imagen de ella en el sitio del retiro… y no encontré. Pasaron los días, terminó el retiro y, para despedirme, entré a la oficina del sacerdote que me había invitado a predicar. Allí estaba el cuadro de Teresita, mirándome, como si quisiera enseñarme que tengo que dejarme sorprender por el Señor y no perder la capacidad de asombro. Muchas veces me he encontrado con personas que me han regalado imágenes de Teresita, sin saber de mi amistad con ella. Me han dicho frases como: «Antes de venir a este curso, pasé por un monasterio de carmelitas y compré esta tarjeta de Teresita del Niño Jesús, siento que es para ti». Luego de la XV Jornada Mundial de la Juventud, estábamos en París, en la casa de una amiga. Ella nos dijo: «¿Por qué no aprovechan que están en Francia para ir a Lisieux?». Debo confesar que eso no estaba en mis planes, pero el Señor y Teresita lo quisieron así. Tuvimos la oportunidad de conocer Lisieux y de orar con Teresita en los mismos lugares que ella vivió. Fue una gran experiencia espiritual, impregnada de la presencia de la santita. Mi amistad con Teresita se fortaleció más. En marzo pasado, luego de dos semanas de evangelización por Sicilia, me llevaron para un retiro en un pueblito que ni aparece en algunos mapas. Los italianos le llaman -bromeando- «el confín de la tierra». Me senté en un banco de la parroquia y me puse a hablar con Teresita. Le decía que me extrañaba que en dos semanas no había visto una imagen de ella. Entonces, me llamaron para iniciar el retiro, pasé al frente para empezar la charla, y justo al lado mío había un gran cuadro de Teresita, ¡sonriéndome de nuevo! Por todo esto, sé que nunca estoy solo. Los santos están para servirnos de modelo y para orar por nosotros. Podemos entablar amistad con ellos, hablarles con naturalidad. Son muchos amigos que andan conmigo, entre ellos, una muy especial, mi escudo de oración: Teresita, la del Niño Jesús. Su compañía me ha hecho vivir con más sencillez, aspirando a practicar el amor misericordioso y reconociendo que el único grande es Dios.

Por eso, muchas veces, mientras viajo, suelo tararear las palabras de Teresita: «Yo pensé que había nacido para la gloria; comprendí que el Amor lo es todo. El Amor me ha escogido a mí que soy tan poca cosa».

Yuan-Fuei Liao
Amigo inmerecido de Teresita

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