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Encontré a Cristo en la cárcel – Jesús Miguel

Soy una persona que en años atrás llegué a aparecer en dos ocasiones en la primera plana de los periódicos. En esa época yo era un delincuente. Aunque me consideraba
un hombre creyente, en reaidad no creía en Dios. Siendo muy joven, estudié para ser sacerdote. Pero después me aparté de Dios y viví una época de irresponsabilidad ante la sociedad y ante una familia que me lo daba todo. Mi familia me rechazó y con razón: yo sólo era un problema para ellos. Algunas veces prefería morir a seguir viviendo esa vida que llevaba. La cárcel de La Victoria era mi residencia cada tres o cuatro meses. Hasta tal punto que los otros reclusos llegaron a pensar que yo era un agente infiltrado de la policía. La vida para mí no tenía sentido. Pensaba en mis antiguos compañeros de estudios. Todos ellos llegaron a algo: unos sacerdotes, otros
médicos y otras carreras comerciales, pero “llegaron”. Yo nunca llegué.

Yo sólo llegué a tomar una “carrera” sin esperanza: la “carrera” de la vagancia, del alcohol, las inmoralidades, los robos, los engaños… Me consideraba la persona más deshonesta de la sociedad. Así estuve muchos años ahogándome en mis propias lamentaciones. Le pedía a Dios con vehemencia, que me sacara de esa vida, pero no ponía esfuerzos, tan sólo era un deseo. Hoy he visto que, si pongo de mi parte, Dios siempre estará a mi lado. Eso me lo decía Mamá Ninón en la cárcel cuando ella nos iba a visitar. Mamá Ninón es la coordinadora de Renovación de los Encarcelados (REEN), un servicio de la Iglesia que ayuda a los reclusos. Me acercaba a ella para ver si me dejaba algo: jabón, ropa, dinero o una carta para que agilizara mi caso. Todas las semanas esperaba ese día en que venía Mamá Ninón y sus hermanas de la Iglesia. Al principio mi interés era material, pero poco a poco esta bella gente empezó a despertar en mí la luz de la esperanza. Con su sencillez y su buen deseo de ayudar a cambio de nada, me enseñaron que la vida no es como yo la veía. Sus palabras y su testimonio me mostraron el amor eterno que Dios tiene para cada uno de sus hijos por más que nos alejemos de él. Este grupo de bellas hermanas en Cristo me levantaron dentro de la cárcel y me dieron esperanza. Volví a creer sinceramente en ese Dios que yo había abandonado. Me siguieron protegiendo después que salí por última vez de La Victoria. Seguí sus consejos y hoy soy el fruto del ministerio de Mamá Ninón y sus compañeras. Hoy soy un hombre nuevo, feliz, porque encontré a Cristo en mi camino que era la cárcel.

Jesús Miguel (“Pizquita”)
New Jersey, EUA

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