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El Señor Jesús sanó a nuestra hija con la intercesión de María

Somos los afortunados padres de seis hijos. En agosto del año 1995, Laura, nuestra cuarta hija, que tenía tres años, ingresó en un hospital con fiebres muy altas y sin saberse la causa. Lo primero que revelaron los exámenes que le hicieron fue un aumento de tamaño del riñón izquierdo.

Mientras se hacían más estudios, la trataron con antibióticos. Las fiebres continuaban (hasta de 40.3º C) y los exámenes seguían día y noche. Luego vino la pielonefritis, por lo cual le cambiaron los antibióticos a otros más fuertes, al ver que los anteriores no estaban actuando. A pesar de eso, todo siguió igual. A consecuencia de su enfermedad, estaba haciendo retención de líquidos y había aumentado catorce libras en tres días.

En esos momentos, nuestra amiga y comadre Ida nos dijo que, estando en oración, sintió en su corazón que Ricardo (mi esposo) y yo debíamos confesarnos.

Era un sacramento que habíamos descuidado, porque no lo considerábamos necesario. Las oraciones de intercesión de nuestros amigos y familiares no cesaban tanto aquí en Florida, donde vivimos, como en la República Dominicana. Fue hermoso ver a todos los hermanos en la fe que llamaban o venían a orar con nosotros. Yo rezaba incontables rosarios. En una ocasión, pedí a nuestra Madre María que me acompañara a orar, pues en esos momentos mi madre terrena me hacía mucha falta. Durante el rosario pude escuchar susurros de rezos junto con los míos.

Después de cinco días en el hospital, de estudios desfavorables y medicamentos que no actuaban el doctor llegó a la habitación para comunicarnos que Laura había entrado en un Síndrome Nefrítico. Esto dejaría como consecuencia lesiones permanentes en sus riñones que podrían condenarla a medicación constante, hospitalización frecuente, restricciones, diálisis, transplante renal y muerte temprana. El Señor me había llenado de tanta paz para recibir la noticia, que Ricardo me preguntó: “¿Tú entendiste bien lo que dijo el médico?”. Le contesté: “Sí, por supuesto… Ahora voy a confesarme, como habíamos hablado”. Ricardo también tenía toda su confianza en el Señor. Esa noche tenía que ir a cantar a un restaurante. Aunque no tenía deseos de hacerlo, fue a cumplir con su compromiso. Esa noche, tuve la visita de unos amigos que llegaron para orar sobre Laura. Después de que se marcharon, Laura comenzó a sentir la necesidad de ir al baño para orinar. Yo traté de disuadirla porque tenía puesta una sonda, pero ante la insistencia de la niña, llamé a la enfermera quien retiró la sonda rápidamente, pues estaba tapada.

Al instante, la niña hizo 400cc de orina que, por primera vez en todos esos días, era clara y sin sedimentos visibles. Durante esa noche perdió alrededor de la mitad del peso que había aumentado.

Al mismo tiempo que esto ocurría, Ricardo comenzaba a cantar en el restaurante. Su primera canción fue para el Señor. Al día siguiente, que era domingo, asistió a la misa, pero primero se confesó. El Señor no sólo quería sanar a Laura, sino también a nosotros, haciéndonos acudir a la confesión. Se trata de un sacramento y un acto de obediencia doctrinal doblemente sanador ya que es también de humildad y sumisión ante el ministro de la Iglesia. Cuando Ricardo regresó de la Eucaristía, ya el doctor había ordenado retirarle el suero a nuestra hija, y pensaba dar la de alta en dos días para hacerle más estudios. La niña estaba sana, y el médico no sabía qué escribir en el récord. Quería asegurarse de su recuperación.

Al mes, y por recomendación médica, llevamos a Laura al hospital para someterla a nuevos estudios con un nefrólogo pediátrico. Éstos revelaron que los riñones estaban en perfecto estado, de tamaño normal, sin huellas de enfermedad alguna.

También en el hospital confirmaron lo que nosotros esperábamos: en su descripción del caso, llegaron a la conclusión de que los riñones que observaban en ese momento no eran los mismos que anteriormente habían estado tan enfermos. Esto es un testimonio del poder de la oración, la comunión de los santos y la gracia de Dios derramada a través del Espíritu Santo y de la Virgen Santísima, a los que confían y perseveran entregados en los brazos del Señor, a su voluntad. Por la misericordia de Dios, nuestra hija se curó y nosotros pasamos la prueba en fe. Jesús, con la intercesión de María, sanó a nuestra hija. Esta prueba sirvió para aumentar nuestra fe, nuestra oración, nuestro conocimiento y nuestra obediencia a la Iglesia.
¡Gloria y gracias sean dadas a ti, Señor!

Rosario y Ricardo Puello
Florida, EUA

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