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[Lecturas] Viernes 6 febrero 2015

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Viernes 6 Santos Pablo Miki y compañeros Laudes: Sal 50; Cant. Tb 13, 10-13.15-17; Sal 147 Vísperas: Sal 144 I; Sal 144 II; Cant. Ap 15, 3-4

PRIMERA LECTURA
Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre Lectura de la carta a los Hebreos 13, 1-8
Hermanos:
Conserven el amor fraterno y no olviden la hospitalidad: por ella algunos recibieron sin saberlo la visita de unos ángeles. Acuérdense de los que están presos como si estuvieran presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvieran en su carne. Que todos respeten el matrimonio, el lecho nupcial que nadie lo mancille, porque a los impuros y adúlteros Dios los juzgará. Vivan sin ansia de dinero, contentándose con lo que tengan, pues él mismo dijo: «Nunca te dejaré ni te abandonaré»; así tendremos valor para decir: «El Señor es mi auxilio: nada temo; ¿qué podrá hacerme el hombre?». Acuérdense de sus jefes, que les anunciaron la palabra de Dios; fíjense en el desenlace de su vida e imiten su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre. Palabra de Dios.

Salmo responsorial
26, 1.3.5.8b-9
R. El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? R.
Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo. R.
Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca. R.
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches. R.

EVANGELIO
Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 14-29
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían:
—«Juan Bautista ha resucitado, y por eso los ángeles actúan en él.» Otros decían:
—«Es Elías.» Otros:
—«Es un profeta como los antiguos.» Herodes, al oírlo, decía:
—«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.»
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Felipe, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honra- do y santo, y lo defendía. En muchos asuntos seguía su parecer y lo escuchaba con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
—«Pídeme lo que quieras, que te lo doy.» Y le juró:
—«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»
Ella salió a preguntarle a su madre:
—«¿Qué le pido?» La madre le contestó:
—«La cabeza de Juan el Bautista.»
Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
—«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.»
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. En seguida le mandó a
uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.
Palabra del Señor.

REFLEXIÓN
Imagina por un momento que tu hermano de repente se casa con la mujer de tu mejor amigo. ¿Qué ha- rías? Tal vez se lo echarías en cara diciéndole que no puede hacer eso, que está en contra de tus principios cristianos; además, si ella ya está casada, estará pecando de adulterio. Algo parecido le ha sucedido a san Juan Bautista. En su caso no es su mejor amigo, sino el “rey”. ¡Qué ejemplo daría a todos sus súbditos! Pues bien, Juan no sintió vergüenza al hacerle ver el mal que estaba haciendo y todas las consecuencias que tenía. Por eso, el rey lo mandó encarcelar, aunque lo escuchaba con agrado.
¿Qué cara debía tener Herodes cuando hacía esto? Le tenía miedo al pueblo y, además, admiraba a Juan. Parece que su vida era doble. Por un lado, tenía que hacer callar a su conciencia que le reclamaba el mal hecho; pero por otro, le hacía mucho bien el escuchar al hombre de Dios. Dos caras de una misma moneda. Todo se deshizo cuando lo mandó matar por “no quedar mal con todos los comensales, y a causa del juramento que había hecho”. Su fama no podía decaer en esos momentos tan importantes para su vida, por eso prefirió el mal ante el bien que le reclamaba su conciencia y todo el pueblo: la libertad del Bautista.
No queramos ser “dobles” como le sucedió a Herodes. Llamemos a cada cosa por su nombre y hagámosle caso a nuestra conciencia cuando nos anima a hacer algo o a evitar el mal. Juan nos enseña la libertad y la entereza que ha de tener el apóstol, el discípulo de Jesús, para corregir el pecado sin importarle lo que otros piensen, aunque sea perseguido por decir la verdad, aunque sea molestado y calumniado, y hasta muerto por amor a Cristo.
Tú, como bautizado, como cristiano comprometido y consagrado, estás llamado a ser profeta que le anuncie al mundo la corrupción y la podredumbre que existe, que puedas gritar y denunciar la falta de justicia, de moralidad y de los demás valores del Reino.

ORACIÓN:
Señor, quiero seguir siempre a mi conciencia. Ser una persona de principios y no una veleta que se acomode a las exigencias pasaje- ras del entorno social. ¡Qué real y cercana es esta situación de Herodes! Pero quiero mantener tu voluntad como norma suprema de mi vida, dejando a un lado la vanidad y el respeto humano; aunque difícil, será posible porque tu gracia me fortalece. ¡Nunca dejes que me aparte de tu verdad! Amén.

Propósito del día: Examinar mi estilo de vida cristiana y mi testimonio como fiel seguidor de Jesucristo.

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