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[Lecturas] Martes 3 febrero 2015

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San Blas
Laudes: Sal 100; Cant. Dn 3, 26-27.29.34-41; Sal 143 Vísperas: Sal 136; Sal 137; Cant. Ap 4, 11.5, 9-10.12

PRIMERA LECTURA
Corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4
Hermanos:
Una nube ingente de espectadores nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo in- mediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre. Recuerden al que soportó la oposición de los pe- cadores, y no se cansen ni pierdan el ánimo. Todavía no han llegado a la sangre en su pelea contra el pecado. Palabra de Dios.

Salmo responsorial 21, 26b-28.30-32
R. Te alabarán, Señor, los que te buscan.
Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan, viva su corazón por siempre. R.
Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R.
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor. R.

EVANGELIO
Contigo hablo, niña, levántate
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se que- dó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
—«Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.»
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de san- gre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose
por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con solo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en me- dio de la gente, preguntando:
—«¿Quién me ha tocado el man- to?» Los discípulos le contestaron:
—«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”»
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo:
—«Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
—«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
—«No temas; basta que tengas fe.»
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encon- tró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo:
—«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Pero él los echó fue- ra a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
—«Talitha qumi» (que significa: «contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se puso en pie inmedia- tamente y echó a andar ─tenía doce años─. Y se quedaron viendo visio- nes. Les insistió en que nadie se en- terase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.

REFLEXIÓN
Jesús nos extiende a todos una invitación para que lo sigamos, pues yen- do en pos de él es como encontramos la vida (cf. Mt 16, 24-25). El autor de la Carta a los Hebreos (y también Pablo en algunas de sus cartas) com- para el seguimiento de Jesús con una carrera,comolaquecorríanlosatletas en el estadio (cf. 1 Cor 9, 24). A ellos los motivaba alcanzar una corona corruptible; nosotros debemos tener una motivación para iniciar la marcha, y además, tener en cuenta ciertas condi- ciones para no interrumpir la carrera hasta llegar a la meta y conseguir la corona de la vida (cf. Stgo 1, 12).
Nuestra motivación es la promesa que nos hizo el Señor Jesús, que inició y completa nuestra fe, y que ahora está sentado a la derecha del Padre, donde ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2). Pero también va con nosotros mientras vamos de ca- mino con los ojos fijos en él (cf. Mt 28, 20). Él es también el modelo que debemos imitar para cumplir con las “condiciones” de la carrera, ya que renunció al gozo inmediato y soportó la cruz, enseñándonos a romper con el pecado que nos ata y a despojarnos de todo lo que nos puede impedir ca- minar libremente en pos de él.
El seguimiento de Jesús podría ser comparado con una “carrera de obstáculos”, pues en el trayecto se deben vencer múltiples dificultades, incluso, si así Dios lo permite, en la lucha contra el pecado algunos pue- den llegar hasta a derramar su sangre. Por algo, el autor de la Carta a los Hebreos les exhorta a no cansarse ni desanimarse.
Si nos mantenemos siempre unidos a Jesús, nunca tendremos miedo de las dificultades, reconociendo que él lo puede todo, que tiene poder so- bre la enfermedad y sobre la muerte, como lo narra Marcos en el Evangelio, y que absolutamente nada podrá impedir que lleguemos a la meta, pues diremos como Pablo: todo lo podemos en Cristo que nos fortalece (cf. Filp 4, 13).
Los versículos del Salmo 21, con los que hemos dado respuesta a la Palabra, expresan la confianza que tenía el salmista en el Señor, en quien ponía toda su esperanza, dando por seguro que quienes sufrían padeci- mientos recibirían de parte de Dios la asistencia necesaria. Lo que él con sus palabras profetizaba, hoy es para nosotros una realidad de la que podemos dar testimonio todos cuantos lo buscamos, pues Dios se ha dejado encontrar por nosotros, aunque sabemos que él nos alcanzó primero (cf. Filp 3, 12) y nos seguirá acompañan- do en la carrera.

Oración:
Señor Jesús, hemos puesto nuestra fe en ti y hemos comenzado a seguirte. Para completar nuestra carrera en pos de ti contamos con tu ayuda y asistencia, porque reconocemos que somos débiles y muy limitados, y que con nuestras solas fuerzas nos es imposible llegar a la meta. Te pedimos que con tu ejemplo y asistencia podamos llegar un día a la patria celestial, donde nos esperas. Amén.

Propósito del día: Con el poder de Jesús, luchar contra lo que me impide avanzar en pos de él.

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